miércoles, 3 de mayo de 2017

Bulla Felix, el bandido generoso.



Ya hemos hablado en alguna otra ocasión de personajes que bien hubieran merecido una película, como Materno, con el que nuestro protagonista de hoy comparte un buen número de elementos: actividad; época; e incluso alguno de sus enemigos, como Lucio Septimio Severo.

La aventura de Materno llegó a su fin en el 187 d. C. a manos del emperador Cómodo, que a su vez moriría asesinado cinco años después, en el 192, y al poco darían inicio las andanzas de Bulla Felix.

Antes de continuar, es preciso hacer un breve inciso histórico. La Peste Antonina, entre el 169 y el 180, durante el reinado de Marco Aurelio, acabo con la vida de una tercera parte de la población del imperio, puede que incluso con más, y afectó con especial crudeza a las poblaciones urbanas y al ejército. Aprovechando esta circunstancia, las tribus bárbaras, menos afectadas por la epidemia, redoblaron su presión sobre las fronteras, por lo que fue preciso reclamar más hombres y más dinero a una población cada vez más mermada. Se iniciaba así una crisis que nunca lograría resolverse de forma total.

En el año 192, más de una década después, los ciudadanos romanos, que había conocido los tiempos de oro de la dinastía antonina, con subsidios sociales, bonanza económica prolongada durante generaciones y victorias militares continuas, estaban perdiendo la esperanza de que la situación fuera a resolverse alguna vez. El imperio empezó a dejar de verse como protector, y en su lugar parecía cada vez más una máquina abusiva que los asfixiaba con impuestos y otras exacciones, sin aportar nada tangible a cambio.

Tras la muerte de Cómodo sin un sucesor claro, y en medio de esta crisis social, económica, demográfica, militar, fiscal y política, el trono fue ocupado por Publio Helvio Pertinax, un duro soldado profesional, hijo de un liberto. Ostentaba el cargo de prefecto de Roma cuando Cómodo fue asesinado gracias a una conjura urdida por él mismo y por el prefecto del Pretorio Quinto Emilio Leto. Con la complicidad de este, se hizo proclamar Cesar en el cuartel de los pretorianos, al margen del senado, dejando así claro en quién recaía el verdadero poder.

Pero no tardó en descubrir que las arcas del tesoro estaba vacías. Para solucionar la situación intentó llevar a cabo una reforma de la política de subsidios sociales, los “alimenta”, que el estado ya no podía permitirse, granjeándose con ello el odio del pueblo. También trató de convencer a la Guardia Pretoriana para que cobrara a plazos el soborno que les había prometido por hacerlo emperador, pero estos se negaron, lo asesinaron y procedieron a subastar directamente el trono imperial, ganando la puja de un multimillonario llamado Didio Juliano. El escándalo fue de tal magnitud que de inmediato se sublevaron varios gobernadores militares. Tras una breve pugna se impuso Septimio Severo, que marchó sobre Roma respaldado por las curtidas legiones de la frontera del Rin y el Danubio. A los matones de la guardia pretoriana, cundo los vieron llegar, les faltó tiempo para rendirse; Juliano fue asesinado y Severo ocupó el trono.

Y en medio de esta explosiva situación social y del completo descrédito de la clase dirigente del imperio, se enmarca la aventura de nuestro bandido generoso.

Poco sabemos en realidad de él, ni siquiera su verdadero nombre, ya que Bulla Felix era, a todas luces, un apodo. Una bulla era la bolsita con amuletos que los niños romanos llevaban colgando del cuello, y felix significaba “favorito de la diosa Fortuna”, “afortunado” , por lo que una traducción bastante aproximada del significado de ese nombre sería “Amuleto de la Suerte” o, quizás, "El Chico Afortunado".

Felix era también un sobrenombre que solían usar los generales y políticos romanos. Al atribuírselo, nuestro bandido parodiaba el papel de los dirigentes del desprestigiado estado, algo que también hizo al fijar el número “oficial” de integrantes de su banda en seiscientos, el mismo que el de los miembros del senado.

Durante unos años se enseñoreó de la ruta entre Roma y el prospero puerto de Brindisi, en el sureste de Italia, por el que llegaban todo tipo de productos a la capital, cobrando, una vez más a imitación del estado, un impuesto a las mercancías que circulaban por la misma y “confiscando” las de aquellos que se negaban a pagar. Con el dinero así recaudado auxiliaba a la población de la zona donde actuaba, que ya no podía recurrir a las ayudas sociales de un imperio en bancarrota. Esto, sumado a su inmenso carisma, le granjeó el apoyo incondicional del pueblo. Las autoridades nunca encontraron a nadie que lo delatase, pese a la penuria general y a las cifras cada vez más altas que ofrecieron por cualquier información que condujera a su captura. 

Se movía a sus anchas por su territorio. Cuando necesitaba los servicios de alguien, ya fuera un médico para atender a sus hombres, ya un artesano o actores para las fiestas que ofrecía , los “secuestraba”, con lo que quedaban eximidos de responsabilidad por ayudarle, y luego los “liberaba” tras entregarles una más que generosa gratificación.

Su desparpajo y su audacia no conocían límites, protagonizando hazañas que, a decir verdad, parecen directamente sacadas de un guión de Hollywood. Cuando varios de sus hombres fueron capturados e iban a ser arrojados a las fieras, se presentó en la cárcel disfrazado haciéndose pasar por el gobernador provincial. Con el fin de no despertar los recelos del responsable de los presos, no pidió su libertad, al contrario, solicitó hombres para un trabajo duro y muy peligroso, dando una lista de las características que debían reunir los candidatos que se ajustaban, a la perfección, con las de sus compañeros. Así consiguió liberarlos de la prisión sin derramar una sola gota de sangre.

Porque nuestro bandido trataba siempre de evitar la violencia si era posible, según reconoce Dión Casio, el principal cronista de sus andanzas, que no puede dejar de evidenciar en su relato la admiración que sentía por el personaje.

En otra ocasión, cuando la recompensa que por él ofrecían inútilmente las desesperadas autoridades era ya astronómica, supo que un centurión andaba recorriendo la región tratando de encontrar a alguien que lo delatase. Decidió, una vez más, disfrazarse, su especialidad, y haciéndose pasar por un resentido y avariento lugareño, convenció al centurión de que le entregaría al escurridizo bandido. Cuando este se presentó en el momento y lugar convenido, se encontró a los hombres de Bulla esperándolo, y fue él quien terminó apresado.

Bulla lo sometió a un remedo de juicio público, ya hemos comentado cuánto le gustaba parodiar las instituciones de la desacreditada administración, en el que él mismo se adjudicó el papel de magistrado. El centurión fue condenado, pero, en vez de ejecutarlo, lo dejó en libertad después de raparle parcialmente la cabeza, como, al parecer, se acostumbraba a hacer en aquel periodo con los esclavos, y de entregarle el siguiente mensaje para que se lo trasmitiera a sus superiores: “Dile a tus amos que alimenten mejor a sus esclavos si quieren evitar que se conviertan en bandidos”

Porque este es el fondo que subyace tras la aventura de Bulla Felix. En una sociedad en crisis desde hacía más de una década, con una población sometida a un proceso continuado de empobrecimiento, los peor parados eran, antes y ahora, quienes ocupaban los escalones más bajos de la sociedad; en este caso los esclavos. Explotados por sus amos, infra alimentados en muchos casos para reducir gastos, puestos en “libertad” cuando dejaban de ser útiles sin que pudieran acceder a un medio con el que ganarse la vida, de su desesperación nació el germen de los muchos episodios de bandidaje que se sucedieron en la época.

Durante años, Bulla Felix logró burlar a las autoridades. “Nunca era visto donde decían haberlo visto, nunca estaba donde se esperaba encontrarlo, nunca se le capturó cuando se pensaba haberlo capturado —nos cuenta Dión Casio—, gracias a su astucia y a sus abundantes sobornos.”

El éxito de Bulla fue el que, como en otros casos similares, le acarreó su perdición. Tras apoderarse del trono Septimio Severo se dedico a estabilizar las tambaleantes fronteras del imperio en una serie de brillantes y terribles campañas militares que lo llevaron desde Mesopotamia a las Islas Británicas. Mientras, a cargo de Roma quedó su prefecto del pretorio, Pauliano, que en el 205 fue depuesto, ejecutado y sustituido por Papiano. Severo, informado de las andanzas del bandido, montó en cólera y afirmó que mientras él derrotaba a los enemigos en las fronteras, en la propia Roma un simple bandolero se burlaba de su autoridad.

El mensaje fue entendido de inmediato por Papiano, que envió a un tribuno militar junto con numerosas tropas, que incluían abundante caballería, con la misión especial de capturar a Bulla. Y le dejó bien claro que lo pagaría caro si fracasaba.

Pero no fue esta imponente fuerza la que, finamente, provocó la caída de Bulla, si no su vena romántica. 

Su final no pudo ser más cinematográfico. Mantenía una relación con una mujer casada, y el marido engañado, al enterarse de la infidelidad de su esposa, le “sonsacó” (mejor no saber de qué modo) el lugar y el día de su próxima cita con Bulla. A continuación, acudió a las autoridades para venderles la información. 

Así, mientras nuestro bandido generoso esperaba a su amada para una loca noche de pasión, a quienes vio entrar por la puerta fue a los soldados, que lo capturaron y lo llevaron ante el ansioso prefecto del pretorio.

“¿Por qué te hiciste bandido? , le preguntó Papiano, “Por el mismo motivo que tú prefecto del pretorio” le respondió Bulla en un dialogo convertido ya en tópico literario para casos similares, dando a entender que tan bandido eran el uno como el otro.

Sus captores, por desgracia, no demostraron ser tan generosos como él, y Bulla terminó devorado por las fieras en el anfiteatro.

Y es que la realidad puede superar a la más disparatada ficción.

1 comentario:

  1. Suena como a una versión prototipica del bandido noble y de buen corazón que alimenta al pueblo. Casi parece que el personaje es una ficción propia de la carencia de su pueblo.

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