lunes, 4 de julio de 2016

Los dioses combaten de mi lado

Portaestandartes representados en el Trofeo de Adamclisi
Las fronteras del Imperio bullen con la muerte de Augusto. Los soldados, hartos de las duras condiciones de vida, se levantan en armas contra sus superiores. La rebelión prende en los campamentos y, cuenta Tácito, varios centuriones son asesinados por sus hombres. Un tribuno escapa por poco a la furia de los subordinados al abrazarse al estandarte de la legión: nadie osará tocarle ni derramar sangre delante de lo más sagrado de todo el recinto, del objeto que atestigua la alianza de ese grupo de legionarios con la divinidad.


Los estandartes eran elementos de naturaleza dual. En su dimensión terrenal, resultaban no sólo un útil sistema de ubicación en el campo de batalla, sino también un escaparate en el que se lucían con orgullo las condecoraciones concedidas a la unidad. Por otro lado, en su faceta sobrenatural, eran un objeto mágico que vinculaba a un grupo de personas con fuerzas y seres ultraterrenos, a los que adoraban y de los que esperaban favores y protección.

La religión romana, fuertemente animista, sostenía que era posible dialogar con las potencias de la naturaleza para llegar a acuerdos con ellas. En esta relación directa entre lo divino y lo humano, ambas partes salían beneficiadas.

En lo que respecta a los dioses y númenes, dichas entidades aumentaban su poder gracias a la devoción de los fieles. La fórmula ritual de las libaciones, macte esto, significa literalemente “que seas engrandecido”. En el momento de rendir culto no sólo se mostraba piedad y se esperaba protección, sino que se la potenciaba. “Como afirma Ittai Gradel, la divinidad romana no tiene por qué ser perfecta ni misericordiosa, cualidades imprescindibles en la tradición judeo-cristiana. Simplemente debe ser poderosa. Y dicho poder proviene de la adoración de los hombres”, explica Eduardo Kavanagh, autor de una tesis sobre la simbología de los estandartes romanos.
Estela del soldado Pancuius, hallada en Neuss (Alemania). Foto: Hartmann Linge
En este contexto, cuando un grupo de legionarios llevan en procesión su estandarte o le honran con los rituales cuidadosamente establecidos, estaban incrementando la potencia divina al que dicho estandarte estaba consagrado. Y, al mismo tiempo, por una concepción casi contractual de la religión, hasta cierto punto estaban obligando al ser adorado a servirles y prestarles ayuda.

Este planteamiento hacía del estandarte una pieza básica en la moral de las tropas, de forma que su pérdida en el campo de batalla no sólo era una humillación desde el punto de vista social, sino también una catástrofe a efectos prácticos: perdido el objeto que simbolizaba y, de alguna forma, contenía la potencia mágica conseguida en su trato con el más allá, los soldados creían firmemente en que se produciría una merma evidente de la capacidad combativa de la unidad.

"Es probable que un legionario no pudiese explicar esta impresión con palabras, pero seguramente lo sentiría", afima el Kavanagh. El vínculo de los generaciones y generaciones de soldados de una unidad con su estandarte explica la lentitud con la que se introducen cambios en él. La evolución iconográfica es muy gradual, debido a la naturaleza profundamente tradicional de los romanos, que consideraban que la fidelidad a los hábitos de los antepasados mantenía el equilibrio entre las fuerzas de la naturaleza y evitaba caer en el caos.

Moneda de Marco Antonio, que muestra varios estandartes
El auge del cristianismo parece que trató de eliminar los elementos más conspicuos de paganismo, como los rayos en torno a la cabeza del monarca en las imagines imperiales, "pero la veneración 'irracional' e 'inconsciente' del estandarte es más que seguro que seguiría dándose" asegura el estudioso. 

En la Notitia Dignitatum (siglo V) aún nos encontramos emblemas y unidades militares relacionados con dioses paganos como los iovanii, los herculanii... Con todo, es probable que esta subsistencia, que llenaba de indignación a los autores cristianos, fuese superficial. En la batalla del río Frígido (siglo V) dichas fuentes claman por el uso de figuras de animales en el ejército del usurpador Eugenio. “No estamos ante indicios de un paganismo renacido, como denunciaban, sino probablemente ante una pervivencia iconográfica de elementos que se habían convertido ya en meros blasones”, apunta Kavanagh.

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