martes, 23 de febrero de 2016

La lucha contra los retornantes

Por Israel M. Sánchez
 
Diversas excavaciones arqueológicas han encontrado, en yacimientos de fechas muy dispares, enterramientos realizados con extraños rituales. Con pesadas piedras en el pecho o sobre la cabeza, en posiciones tortuosas o incluso brutalmente desmembrados, los cadáveres de los sospechosos de poder convertirse en no-muertos eran sometidos a diversas prácticas para asegurarse de que no podrían volver del más allá para hacer el mal.

Para prevenir que los retornantes abandonen su tumba han de ser destruidos. Tsaliki y Suloski-Weaver han documentado estas prácticas funerarias en el mundo griego antiguo, en donde se recurría a la incineración o el desmembramiento. De forma alternativa, los no-muertos pueden ser atrapados en sus tumbas, evitando su salida, a través de diversos métodos como la ligadura, el enterramiento boca abajo (o a una profundidad excepcional), y el más extendido a lo largo del tiempo: el ser sujetados a la tierra mediante el uso de rocas u otros objetos pesados.

Cráneo hallado en Kilteasheen (Irlanda)
Es fácil observar paralelismos entre estos métodos de restricción antiguos y las prácticas modernas (Edad Media-siglo XIX) contra los no-muertos, en las que se cambia la roca por los clavos o las estacas como método de sujetar el cuerpo del retornante al suelo. No obstante, las rocas se siguieron usando en época moderna para lastrar los ataúdes que contenían cuerpos sospechosos y arrojarlos al curso de los ríos, o para desarticular las bocas de los supuestos no-muertos introduciéndolas dentro como una cuña para que no pudieran morder, como en el caso de los nachzehrer alemanes y de los retornantes medievales excavados en Kilteasheen (Irlanda) y Lazzaretto Nuovo (Venecia, Italia). En el fondo es natural, ya que todos estos métodos no son sino herramientas de magia básica cuya finalidad es la de evitar que el no-muerto vea, muerda, se mueva o se levante de su tumba. Lo mismo puede decirse del desmembramiento. Y en cuanto al fuego, ha sido símbolo de purificación universal desde la noche de los tiempos.

Los restos materiales de estas actividades necrofóbicas, aunque son raros, se preservan en el registro arqueológico. Sin embargo su interpretación por los arqueólogos no siempre es fácil. Los ejemplos más antiguos de prácticas necrofóbicas encaminadas a evitar la actividad de los retornantes provienen de Chipre y datan del Neolítico (ca. 4500-3900/3800 a. C.). En Khirotikia se encontraron cuerpos flexionados enterrados en fosas y sujetos por piedras de molino que estaban colocadas en sus cabezas o en su región torácica (inevitable la comparación con Kamarina muchos siglos después). Un enterramiento similar fue encontrado en un depósito del Heládico medio (ca. 1900-1600 a. C.) en la Argólide: el individuo estaba flexionado, colocado en una tumba de piedra y sujeto con una gran roca.

Volvamos ahora a Kamarina, en la Magna Grecia, donde comenzamos. Allí, en el yacimiento de Passo Marinaro, los restos de dos cuerpos enterrados de forma similar han recibido cierta notoriedad en los últimos meses. Kamarina fue una colonia griega en Sicilia con cierta importancia estratégica que fue fundada alrededor del 598 a. C. Se mantuvo ocupada hasta mediados del primer siglo de nuestra Era, momento en el que fue abandonada. La necrópolis clásica de Kamarina estuvo en uso entre los siglos V y III a. C., y allí se han excavado alrededor de 2905 enterramientos.



Tanto la inhumación como la cremación se practicaron en Kamarina, aunque el 85% de los enterramientos corresponden con la primera práctica funeraria. En los trabajos de la arqueóloga Carrie Sulosky Weaver se destaca la identificación de evidencia arqueológica tanto para invocar a los muertos a través del uso de encantamientos escritos en tablillas (katadesmoi) como para suprimir su amenaza. En este sentido, dos enterramientos muy particulares destacan sobre todos los demás en Passo Marinaro, las tumbas 653 y 693. La primera corresponde a un adulto de sexo indeterminado que sufrió un periodo más o menos prolongado de malnutrición y enfermedad, y la segunda pertenece a un niño o niña de entre 8 y 13 años y sin signos de enfermedad. A diferencia del resto de enterramientos en la necrópolis, ambos esqueletos están colocados estirados con grandes fragmentos de ánfora cubriendo su rostro y su cuerpo. La cabeza y los pies del adulto de la tumba 653 están sujetos por las losas, mientras que cinco fragmentos similares de barro cocido cubren el cuerpo del niño de la 693. Estas pesadas losas se colocaron presumiblemente para impedir su visión, y al atraparlos en la tumba, para impedir su salida.


Tablilla de maldición escrita en griego

Hay algún ejemplo más tardío en el Mediterráneo antiguo, así como en época moderna. En el sitio arqueológico de Merenda, en Ática, un horno de cal abandonado hacia el primer tercio del siglo IV d. C. sirvió de tumba para dos individuos que fueron desmembrados. El primero de los cuerpos pertenecía a una mujer que fue cortada por la mitad y ambas partes colocadas de forma paralela la una a la otra en posición de pronación. La distribución de sus huesos revela que fue cortada en dos antes de que se descompusiera del todo, algún tiempo tras su muerte.

Enterrado con ella había una pequeña jarra romana que contenía una única moneda del emperador Constantino (ca. AD 307-337) y una pierna desmembrada de un hombre adulto. Después del enterramiento, los cuerpos fueron deliberadamente sellados en el horno de cal por medio de grandes rocas.

Ejemplos más modernos de la zona griega son por ejemplo el cementerio turco de época otomana en Mytilene (de los siglos XVIII-XIX) en el que se halló la tumba de un adulto que estaba clavado al suelo con clavos de 20 centímetros que le atravesaban el cuello, pelvis y ambos pies. Otro enterramiento de la misma época en Lesbos contenía los restos de un hombre de unos 60 años que fue encontrado en una cámara funeraria con clavos de 16 cm mezclados con sus huesos.

Vemos así como después de muchísimos siglos de historia, en la misma zona geográfica, se preservan modos similares de supresión de los retornantes consistentes en sujetar el cuerpo sospechoso al suelo de tal forma que no pueda levantarse (y ver o morder, además, en los casos en los que la cara está cubierta).

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