martes, 12 de junio de 2012

Gabriel Castelló: "Diocleciano fue el primer emperador al estilo bizantino"

Gabriel Castelló es una persona de tremenda vitalidad. Aficionado a la Historia desde niño, compagina su trabajo con el oficio de novelista y su faceta de divulgador en blogs y publicaciones como la revista Stilus. Hace unos años publicó su primera novela, "Valentia", ambientada en la época de las guerras civiles. Ahora vuelve con "Devotio", editada de momento en formato digital, que narra dos tramas separadas por casi 300 años. A través de este proyecto, indagamos en su aproximación a la época de Diocleciano y al cristianismo primitivo.


P: ¿Cuál es la génesis del libro? ¿Cómo se decidió a escribirlo?
R: En efecto, ha sido un tanto azaroso poder ver publicada mi segunda novela; parece que hay más interés en el sector editorial por las memorias de la Obregón que por las de Adriano. Fuera de tragicomedias, mi segunda obra nos muestra la tozudez hispánica en sus máximos exponentes, la devotio heredada de los iberos. Para ello me valgo de dos personajes, uno ficticio y otro real. El primero es Lucio Antonio, hijo de Cayo, protagonista de "Valentia", y que será nuestro 'reportero' en primera persona de la guerra civil. Lucio será el cronista accidental del conflicto junto a su tío Afranio, Pompeyo el Grande y sus hijos, narrándonos todas sus aventuras junto a los de Piceno desde Ilerda a Munda. El personaje real es Eutiquio, más conocido por el apodo con el que pasó a la leyenda, Vicente (Vincentius, el vencedor), un joven cristiano que acabó siendo martirizado en Valentia durante la última y más enérgica persecución que tuvo lugar en la Hispania romana. El peligroso triángulo entre Publio Daciano, el implacable gobernador, Eutiquio, el cristiano indomable, y Tito Antonio, el abogado circunstancial de éste último, conforma la trama imperial de la novela. Quería seguir ahondando en el ocaso de la República y redescubriendo pasajes de la Valentia romana y qué mejor ocasión que juntar en un mismo trabajo ambos escenarios que, según avanzan las páginas, evolucionan en paralelo…

P: ¿Qué le llevó a preferir Roma sobre otros periodos históricos para comenzar su andadura literaria?
R: Desde muy jovencito devoraba novelas de aventuras y péplums; fue entonces cuando me di cuenta de que la Antigüedad clásica ejercía de poderoso imán en mis elecciones. “Yo, Claudio”, “Sinuhé”, el “Aníbal” de Haefs o “Sónica” de mi paisano Blasco Ibáñez me aleccionaron bien en cómo evadir al lector de su día a día y sumergirlo en un mundo de leyenda. Con mis novelas solo intento escribir lo que me gustaría haber leído y que nadie ha escrito. Los mil años de Roma son un filón inagotable de grandes y pequeñas historias, intrigas, pasiones, envidias, codicia, grandeza y vileza. Además, vivo a escasas dos mille passuum del Mediterráneo, así que el pienso que el mar y sus aguerridos usuarios también han influido en mi pasión por las antiguas epopeyas.

P: En esta segunda novela vuelve sobre el periodo republicano, que ya trató en "Valentia". ¿Por qué? ¿Sentía que quedaba algo por contar?
R: Dentro del amplio abanico de hechos comprendidos entre Tarquino el Soberbio y Odoacro, quizá el periodo que con más fuerza me ha cautivado siempre es la descomposición de la República. En "Valentia" recreé las guerras sertorianas, conflicto hispano per se que supuso un adelanto de lo que sucedería veinte años después y provocaría el colapso de la República. Me queda mucho por contar; en Devotio el lector conocerá la guerra civil desde el lado de Pompeyo, una visión poco conocida pues la Historia siempre la escribe el que gana, y ya se encargó César de magnificar sus gestas y denostar las ajenas. El joven Lucio Antonio será nuestro testigo en momentos cruciales de la antigua Roma como la gestación de Farsalia, el asesinato de Pompeyo o el suicidio de Catón. Como colofón a su periplo junto a los defensores de la libertad, luchará en Munda y será partícipe y víctima del saco de Corduba. Su drama no concluye aquí, pues la historia continua en mi tercera entrega de la saga…

P: La investigación que hizo en su día para las guerras civiles en Roma le habrá servido para el libro actual
R: El buen autor de ficción histórica no deja de documentarse nunca. Toda visita a yacimiento, museo o biblioteca es poca. Nunca dejo de indagar sobre el mundo romano, con especial foco en Hispania, sus vestigios y la vida y costumbres de la época, pues nuestro solar y sus moradores son punto base en todos mis relatos. Con todo mi respeto y admiración por grandes novelitas como Davis, Scarrow, Graves o McCollough, creo que se puede crear muy buena ficción histórica sobre la antigua Roma sin que nos la cuenten con perspectiva anglosajona. Además de los clásicos como Plutarco, Apiano o Dion Casio, hay que empaparse de los buenos ensayos más actuales sobre el tema: ayer mismo me compré “La Revolución Romana” de Ronald Syme, una obra imprescindible para poder tratar sin panegíricos todo lo que rodeó el advenimiento de Gayo Octavio Turino como dueño del mundo.

P: La novela histórica de romanos suele complacerse en la época de esplendor del Imperio o en la República tardía. Sin embargo, usted sitúa parte de su trama en tiempos de Diocleciano, cuando el declive es evidente. ¿Por qué?
R: Porque soy crepuscular. Igual que disfruto más con Saturno que con Mercurio en la sinfonía de Los Planetas de Holst, me gustan más las historias ambientadas en tiempos turbulentos. Por eso opté por combinar la primera algarada bárbara en la Tarraconense y las guerras sertorianas como ingredientes de "Valentia" así como ahora he seguido con la gran persecución de los cristianos y la guerra civil para "Devotio".
Ojo, Diocleciano es un 'brote verde' surgido de la crisis de finales del siglo III. Fue uno de los mejores estadistas que tuvo el bajo Imperio, un hombre de ascendencia sencilla que fue capaz de administrar con eficiencia el mayor estado del mundo, partirlo en dos y contener una inflación que estaba devorando el Estado, a los usurpadores, a los bárbaros en el Rin y el Éufrates y a los cristianos que estaban carcomiendo la auctoritas del emperador en beneficio de otro señor en los cielos que rivalizaba directamente con el señor de la tierra. Bajo mi prisma, él fue el primer emperador en el sentido monárquico de la palabra, el estilo de soberano todopoderoso e incuestionable que perduraría más de mil años en Bizancio.

P: ¿Cómo se ha documentado para el reciente libro?
R: Al tener dos hilos argumentales diferentes, he seguido dos procesos paralelos. Para la trama tardo-imperial he tenido un buen referente en dos obras con el mismo nombre, las “Caída del Imperio Romano” de Adrian Goldsworthy y Robert Hughes, además de otras publicaciones locales referentes a la temprana cristiandad en la Hispania romana. Por supuesto, he recorrido la presunta ruta que siguieron el obispo Valerio y su diácono Eutiquio desde que fueron arrestados en Caesaraugusta hasta su juicio en Valentia. Es imprescindible para hacer un buen relato sentir el frío o el calor, luz o sombra que sentirían tus personajes. En este sentido, para la trama ambientada en las guerras civiles, menos en Albania y Argelia, por motivos obvios, el resto de escenarios están descritos desde la experiencia de visitarlos en las épocas del año en las que sucedieron los hechos. Como guía histórica, sobre César hay mucho escrito, incluyendo sus propias crónicas propagandísticas, pero me decanto por la última biografía que ha publicado Adrian Goldsworthy. Por supuesto, aderezada con todos los exquisitos detalles que contienen las obras de Apiano, Livio, Dion Casio y las vidas de Pompeyo, Cicerón, Antonio y Catón de mi reverenciado Plutarco.

P: ¿Qué diferencias ha encontrado al aproximarse a los periodos de la República y el Bajo Imperio?
R: Muchas. Me encanta mostrar un mundo que parece idéntico para el lector poco versado en la antigua Roma pero que, en realidad, es muy diferente. El ímpetu y la ambición de los hombres que crearon y mataron la República contrastan con la resignación y apocamiento de quienes trataron de sostener un Imperio a la defensiva que se estaba resquebrajando él solo, más por problemas internos que externos. Mostrar esas diferencias de idiosincrasia en boca de mis personajes me parece un ejercicio muy gratificante.

P: Toca el cristianismo en su última obra, un tema que suele resultar polémico. ¿No le provocó cierta prevención adentrarse por estos caminos? ¿Cómo abordó el asunto? 
R: Bueno, al igual que con las guerras civiles, no soy tan maniqueo para establecer de saque quién es el bueno o el malo según nuestros criterios actuales. Por sus actos, cada lector catalogará a cada personaje. Sí que puede resultar curioso que un apóstata declarado como yo, casi diría pagano, se meta a fabular sobre uno de los primeros mártires hispanos, una figura que sobrepasó su realidad y sobre la que se creó una leyenda que impulsó el calagurritano Prudencio en sus loas a los mártires, el “Peristephanon”, justo un siglo después de los hechos, cuando los papeles ya se habían invertido. Es muy difícil presentar al gobernador como un recto hombre de Estado y al mártir como un integrista religioso sin provocar controversias en quien crea en el dios de los judíos, pero una cosa es lo que pudo suceder y otra muy distinta lo que los autores cristianos posteriores quisieron ensalzar. En "Devotio" trato la figura de Eutiquio como lo que fue, un joven íntegro y vehemente en la defensa de sus creencias que se topó con un gobernador igual de íntegro y vehemente que él en la aplicación de los edictos de un Imperio que, al fin, parecía salir de la deriva tras años de crisis y descomposición.

P: Como gran aficionado a la Historia, ¿qué iniciativas actuales le parecen más interesantes o prometedoras para poner en valor el patrimonio histórico-artístico?
R: Desde la fiel recreación histórica, como viene haciendo la Asociación Hispania Romana o mi vecina Domus Baebia Saguntina, hasta el mundo del audiovisual para masas, toda piedra hace pared, aunque a veces nos horripile lo que vemos en TV pretendiendo ser fiel a la Historia… y ya sabe usted a que esperpento me refiero. La administración tiene abandonado el patrimonio, aunque cada vez más la conciencia ciudadana se muestra más sensible a mantener los vestigios de nuestro pasado, quizá influida por el efecto que produce leer las obras del elenco de buenos autores de ficción histórica que tiene España: las novelas de Santiago Posteguillo, José Luis Corral, Jesús Maeso de la Torre, Jesús Sánchez Adalid, León Arsenal, Olalla García, Isabel Barceló, Javier Pellicer y un largo etcétera contribuyen al lude et discere, pues son tan didácticas como atractivas.

P: En ocasiones anteriores ha expresado su admiración por Simon Scarrow o Santiago Posteguillo. ¿Qué es lo que más admira en sus principales referentes, ya sea autores u obras?
R: Me plantea hablar de dos genios de perfil opuesto, aunque ambos sean de mi entero agrado y admiración. Scarrow es un fantástico novelista de acción; sus personajes y escenarios son verosímiles en una cadena de aventuras al más puro estilo Salgari, pero sin abordar al detalle el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos. Posteguillo es mucho más minucioso; él le confiere vida a la Historia, sus personajes ficticios e históricos están perfectamente entrelazados, así como el contexto, que es impecable. Si a una capacidad extraordinaria de transmitir sentimientos le sumas su gusto por la veracidad, el resultado es lo que todos conocemos: la mejor recreación de la vida de Escipión y, a buen seguro, de Trajano que jamás se haya escrito.

P: ¿Se siente cómodo en la novela histórica o piensa publicar en otros géneros?
R: Me siento muy cómodo, pues en mi trabajo la Historia pesa tanto como la literatura. Yo no escribí “Valentia” tratando de competir con otros enormes novelistas de éxito, lo hice para cubrir un vacío intencionado de cien años en la ficción histórica concerniente a la Valencia antigua. Mi recreación de la ciudad romana, la trama de sus habitantes y la crisis originada por la revuelta de Sertorio me sirvió de prueba de que Valencia ya existía antes de que el rey moro Zayyan la rindiese a Jaime I de Aragón.

P: ¿Cuál será su siguiente proyecto en mente?
R: Pues estoy ya muy avanzado en su confección. Se lo presentaré en dos frases: “tres hombres extraordinarios y una ambiciosa reina pugnan por el control del Mare Internum. Todos saben que solo podrá gobernarlo uno”. La introducción de “El Hijo de Neptuno”, tercera entrega de la saga de los Antonio de "Valentia", arranca en los idus de marzo. El personaje histórico principal de esta nueva novela es Sexto Pompeyo, el tercero en discordia en la competición personal entre Marco Antonio y Octavio por dominar el mundo. Lucio Antonio, mi intrépido hispano, será quien coprotagonice la historia combinando la ficción con los hechos de la revuelta siciliana y la posterior batalla de Actium, a la postre, el fin de la República, concluyendo su azarosa aventura con la vuelta a Hispania tras la guerra y sus cuitas para impulsar la refundación de Valentia.

P: Es muy activo en las redes sociales. ¿De dónde saca el tempo para documentarse, escribir, publicar en diversos blogs y relajarse?
R: Hay tiempo para todo, y más si lo que te gusta a la vez te relaja. Me encanta pasear por los yacimientos, dejarme llevar por la energía que emanan las viejas piedras, testigo de intrigas, traiciones, amores y alegrías por igual. En cuanto a las redes sociales, se han vuelto imprescindibles en este voluble mercado literario. Las grandes firmas ya no juegan a los dados. Editar en papel una novela como "Devotio" resulta demasiado arriesgado para la inmensa mayoría de ellas, y más viendo qué tipo de productos de gran consumo nutren las estanterías. La única vía de escape ante tanto inmovilismo es la publicación digital, el famoso e-book, un anticipo del futuro del mercado editorial que sirve de esperanza en el presente para quienes no estamos catalogados como best-sellers. No le negaré que cuando veo algunas publicaciones recientes en las estanterías de las grandes cadenas de distribución me quedo frío… ¿Cómo los relatos de una folklórica pueden desplazar las obras de muchos autores/as como los antes mencionados que invierten tiempo, dinero y mucho cariño en recrear fielmente nuestro pasado? Es una pregunta retórica: el mercado manda. Las editoriales saben muy bien lo que publican: lo que el público compra. Catón siempre concluía con su delenda est Carthago. En mi caso siempre lo hago con mi peculiar visión de España: la heredera natural del panem et circenses.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada